13 ene. 2014

Martín Valverde y Marcos Witt, iconos de la música religiosa, detallan cómo funciona la industria de la alabanza


Unos le cantan al amor, otros al dolor y algunos más a la libertad, sin embargo, ellos han optado por dar no sólo su voz sino sus letras y pasión a Dios. Martín Valverde y Marcos Witt son dos referentes obligados al hablar de música religiosa; el primero por el lado católico, el segundo por el cristiano; ambos con la certeza de que, sea cual sea el nombre que le den, el Dios al que le cantan es el mismo.


El poder de convocatoria de su música es igual o mayor al de artistas de diversos géneros, pues Martín Valverde ofrecerá seis conciertos este mes mientras que Enrique Bunbury está adelante sólo por dos más, lo que convierte al género religioso en una verdadera industria que, además de dejar fe, deja ganancias tanto para los artistas como para los vendedores clandestinos que no pierden oportunidad de ofrecer toda clase de productos.
“Es correcto organizarnos con el fin de pagar impuestos, regalías, pagar a empleados; en ese sentido claro que es una industria; por otro lado, también recuerdo que Dios nos da dones a cada uno para poder darles de comer a nuestras familias”, dijo Marcos Witt a EL UNIVERSAL y aseguró impacientarse con quienes ven en su trabajo un simple negocio.
En cuanto a la piratería que vende su imagen en tazas, pulseras, playeras y demás, Witt se muestra consciente de la clandestinidad pero también de lo mucho que esto apoya a las familias; incluso ha visto cosas que le llaman tanto la atención que quisiera comprarlas. “Hay algunos a mi alrededor que dicen ‘es que deberíamos ...’ yo digo tranquilízate, ese señor que vendió esas tazas o esas camisetas esta noche va a poder llevar pan a sus hijos gracias a mí. ¿Será correcto que ellos vendan mi imagen y mi nombre sin mi conocimiento?, no sé la verdad, pero al menos en mi mente y en mi corazón yo ya arreglé ese asunto. Yo estoy tranquilo”.
Con su gira “Sobrenatural” hace dos años, Marcos convocó a 1.7 millones de personas en 150 fechas, poco más de la mitad del público asistente a la JMJ de Brasil, donde Martín cantó para 3 millones de jóvenes.
Valverde, costarricense nacionalizado mexicano, realiza entre seis y siete conciertos al mes a los que asisten cerca de 3 mil personas. Su fama y carisma son tales que hasta aparece en un capítulo de Los Simpson. Para él hay un serio problema al ver lo relacionado con la religión: creer que, si es para Dios, debe ser gratis de y no verlos como profesionales de la música que realizan un trabajo con un costo que merece su paga.
“Evangelizar es gratis, pero hacer un concierto tiene un costo lógico, una inversión y ojalá una ganancia... no faltan los que te critican por vender los discos, o cobrar por el concierto, pero no les tiembla la mano de bajar una canción de Internet o piratear el disco. Es cosa de culturas y educación”.
El cantante comentó que hay lugares catalogados como “tierra de misión” en los que no cobran, y es ahí en donde entra la buena administración.
“Aquí es donde las ventas del material y la buena administración de la economía de los conciertos nos permite apartar partidas para estos casos y que se vuelven bolsas celestiales, pero esto no es limosna por lástima, es administración digna”.
Conciertos valiosos
Martín está seguro de que no existen “catogélicos” o “evangélicos”, pues ambos tienen clara su identidad y las diferencias entre estas músicas radican en el marketing. “La diferencia más notable no es tanto de contenidos, (mientras sean cristocéntricos) sino en costos operativos, pues se han promovido sin temor y la gente que los va a ver sabe que en el área artística el evento vale la pena aunque tengan que pagar un precio que compita con ir a ver a Luis Miguel”.
Apasionados de sus carreras, la música para los dos cantantes no ha sido siempre amable, pues aunque el fin es Dios, se han llevado cada uno sus sinsabores al enfrentarse con la apatía de los jóvenes y con uno de los retos más difíciles: reafirmar su fe. “Uno se cuestiona muchas cosas, uno busca las raíces de su fe porque se empieza a preguntar: bueno, ¿en qué creo, en quién creo, por qué lo creo, lo sigo creyendo, qué es lo que está pasando? Yo pasé ese proceso y puedo decir que fue muy difícil, hubieron momentos de mucha angustia, dos o tres de desesperación porque el dolor físico era inexplicable”, confesó Marcos al hablar de un grave accidente en 2013 que le dejó 14 huesos rotos, 21 tornillos y clavos en los pies, tres placas de titanio y un daño en las cuerdas vocales que por poco y le impiden volver a cantar.
Sin entender todavía el porqué de lo que pasó, Witt tiene una fe absoluta en que él permitió que le sucediera por alguna razón, lo que hizo que su primer concierto después del percance fuera aún más emotivo. “Fue algo muy especial —ríe—, me rompí emocionalmente porque encontrar de nuevo mi voz y saber que ahí está todavía, sentir el cariño del público porque son los que estaban preocupados por mí; cuando sintieron esa alegría que me caracteriza se entusiasmaron muchísimo”.
Martín nunca se ha sentido lejos de su fe pero sabe que a veces se puede perder el “norte” y el desafío es creer aceptando que somos humanos que podemos equivocarnos. “Hay ciclos de todo, con los jóvenes especialmente me toca decirles que no se sientan mal por sentirse mal”.

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